Sobre este mito antioqueño
escribió Tomás Carrasquilla en su obra “Por aguas y Pedrejones”: “Yo no la he
visto, pero muchos que la han ojeado me han dicho que es una vieja chuchumeca,
muy carranchosa, con mucha costra y mucha llaga, muy parecida a una lagartija”.
La historia del mito que cuenta Carrasquilla es ésta: La Madre del Río
fue, en sus primeros tiempos, mucho más celosa que ahora en esconder la riqueza
de su hijo. No quería que ningún mortal extrajese un solo grano, siquiera, de
su fondo. El diablo, al verla tan cuidadosa del tesoro filial, la requirió de
amores y la tomo por esposa. Concediéndole todos los medios para que el río
guardase sus tesoros: fieras, reptiles, insectos venenosos, y una fiebre que
subía hasta las cumbres más lejanas. Quien divisase el río a tal distancia,
caía muerto, fulminado por tan tremenda calentura.
Por aquel tiempo se casaron el sol y la luna. El la adoraba porque era
bella y sin mácula. Prestó le, aunque fría, lumbre áurea, tan luminosa como la suya.
Pero he aquí que la Luna, al bañar el río con sus destellos, divulga en
la superficie todo el oro. La Madre se alarma; capaces eran de acabar con
fieras y alimañas. Consulta al marido y le sigue el consejo. Una noche se
planta, cara a cara ante la indiscreta Luna, y la ojea. A la noche siguiente
aparece manchada, pringosa, llena de pecas. El sol se desconsuela y la repudia.
En su despecho, le quita la luz de oro y le deja esa, triste y mortecina, con
que ahora nos alumbra.
La Madre de Río se queda muy ufana con el maleficio. Cree que ni las
estrellas podrán contemplar de noche su tesoro. Se asoma a un alto a vigilarla,
y se pasma. Aquello no es oro: es plata, ¡pura plata! Vuelve al Diablo; y el
diablo le echa noramala, porque no supo hacer el ojeo, y merma los poderes de
la fiebre y de los animales. Desde este día principiaron los hombres a bajar al
río y a robarle el oro. La Madre, furiosa con ellos, atisba al que pueda para
ojearlo.
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